Era un día soleado, con una leve brisa que refrescaba bastante e invitaba a soñar. Era uno de esos días en los que solo pueden pasar cosas buenas.
No sabia por qué, pero lo sentía dentro de él. Iba a ser un gran día.
Cuando iba a dirigirse hacia la calle en la que su coche se encontraba aparcado dudó. El día anterior no pudo dejarlo donde siempre lo hacia y titubeó unos instantes. ¿Hacia la derecha o hacia la izquierda? ¡Ah! Hacia la izquierda, ya está claro. Justo cuando dio su primer paso en la dirección correcta observó un coche que conocía muy bien, un coche que no esperaba ver allí. Dentro estaba ella, mirándole fijamente. Se sostuvieron la mirada unos instantes. Él trataba de entender que pasaba, trataba de entender una realidad que había soñado muchas noches. No tardó mucho en ver en la mirada de ella lo que estaba sucediendo. Lo comprendió, y ella debió notarlo porque sus ojos cambiaron y ya no había duda alguna. Decían "Sí, estoy aquí por ti".
Mientras ella bajaba del coche él ya había empezado a caminar en su dirección. El encuentro culminó en un beso. Un beso pendiente hace demasiado tiempo. Un beso que lo dijo todo.
(Desayuno con diamantes, 1961)

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