En este juego existen varios jugadores. El personajillo oscuro con pretensiones de grandeza moral, cada vez más cínico y resentido. Una mujer que arroja luz e ilusión a la historia; que por su condición cambia las reglas del juego. Es algo nuevo, tiene fecha de caducidad, no existe futuro. Es la prohibición, la locura de jugar a las películas. ¿Y a quién no le gustan las películas? Todos nos podemos llegar a creer James Dean o Natalie Wood en Rebelde sin causa. Y el personajillo duda de si el juego de lo prohibido es lo que le atrae o es la mujer. Y si es posible separar a las personas de sus circunstancias.
En el escenario se encuentran más mujeres que rodean al personajillo oscuro. Una nueva mujer que está apareciendo en su vida. De la que no está seguro hasta dónde implicarse, si abrirse o si mantenerse en su caparazón. Miedo, pereza, desidia, desconfianza... Motivos no le faltan. Se siente mucho más unido a la mujer prohibida, pero quizás es porque no existe decisión que tomar, no existe opción más que avanzar hasta su final inevitable.
No acaba aquí la cosa y entramos en el pasado que no es tan pasado. La amiga que le volvió a abrir los ojos. Que le hizo creer que ya no era el niño raro que no sabía vivir enamorado. Pero la amiga era eso, y la herida fue más profunda de lo que pudo parecer. Porque el cuchillo se había clavado sobre una herida anterior aún sangrante. La que marca un antes y un después en la vida del personajillo. La mujer de su vida, la que sabe que no podrá olvidar jamás. La que con todo de cara dejó escapar, la que le hizo dudar de su propia vida. Ella, cuya sombra se proyecta sobre todo lo que le sucede. La que le hizo creer en el amor y dudar de si estaba preparado para ello.
Todo cuanto rodea al personajillo se puede reducir a una sola palabra: miedo. Miedo de estar sólo, miedo de ser como siempre ha creído ser y que de joven le hacía incluso gracia, pero que ahora lo ve como lo que es, una condena para toda la vida. Si a esto se le puede llamar vida.
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