Recuerdo como esas sonrisas poco a poco se fueron separando en el tiempo, como se fue convirtiendo en la excepción a una rutina abocada a desaparecer.
En qué punto se torció, a partir de qué momento ya no hubo marcha atrás. Preguntas que no sé si vale la pena intentar responder.
Ahora solo me llena la soledad, el vacío de un alma rota que ha dejado escapar el único halo de vida que ha conocido.
Sus recuerdos inundan mi vida, la llenan de trampas, de nostalgia traicionera de un pasado, que como se suele decir, siempre fue mejor. Un pasado que aún no consigo asumir que no volverá, que es justamente eso que define, el pasado.
El miedo a levantar la vista y ver que tengo por delante es un obstáculo difícil de superar cuando aún no sabes sí quieres superarlo.
Recuerdos que me adormecen en una letanía poderosa como una droga. Un futuro que produce más miedo que esperanza, más recelo que ilusión. Un futuro que no está hecho para mí.
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